Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley
Era de noche, una noche muy fría.
Intentaba caminar mientras la oscuridad se hacía cada vez mas densa.
Le costaba respirar, sus ojos se perdían en el infinito de una luz demasiado intensa.
Contradictorio, pero había luz en esa pequeña habitación que lo agobiaba.
Sábanas blancas y su piel perfecta que refractaba esa luz que para él era inalcanzable, tan inalcanzable que ni siquiera ayudándose por sus manos lograba tocar.
La amaba tanto que no podía gritar.
La amaba tanto que a pesar de su dolor sólo pudo contemplarla.
Se quedó a su lado el tiempo que le quedaba.
Casi sin respirar, tocó su cara, besó sus manos, acarició sus pies, y casi sin respirar dejó caer su mano, porque ningún alma sobrevive a la indiferencia de un sueño profundo.

